Por regla general, una dieta equilibrada y la práctica de algún deporte suelen presentarse como premisas suficientes para gozar de una buena salud, pero ¿es eso suficiente? En realidad no, ya que atendiendo únicamente a estos factores estamos pasando por alto una rutina diaria que es igual de importante y que a menudo tomamos a ligera: el sueño.

Esta afirmación viene respaldada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde donde aseguran que “un adulto debe dormir entre siete y ocho horas para mantener un óptimo estado físico, emocional y mental”. En otras palabras, un sueño reparador durante ese periodo de tiempo establecido será beneficioso tanto en el entorno familiar como en términos de salud laboral o social.

La importancia del sueño se debe a que mientras dormimos se producen cambios a nivel metabólico ¡en más de setecientos genes!, un mecanismo que de verse alterado o mermado puede afectar negativamente a funciones básicas. A corto plazo, está claro que ya se producen efectos inmediatos tales como un proceder torpe, la falta de concentración o la disminución de la proactividad.

A medio-largo plazo, las consecuencias pueden ser mucho más graves, afectando por ejemplo al sistema metabólico o al cardiovascular. Un estudio publicado en European Heart Journal afirma que la falta de sueño puede hacer que el cuerpo produzca una cantidad de sustancias químicas y hormonas suficiente como para desencadenar enfermedades cardíacas. Otra investigación similar establece que aquellos individuos que duermen menos de seis horas tienen cuatro veces más riesgo de presentar síntomas de accidente cerebrovascular.

Llegados a este punto, partamos de la base de que dormir bien ayuda a tener una vida mejor y más larga (la Sociedad Americana del Cáncer determina que dormir poco incrementa el riesgo de sufrir ciertos tipos de cáncer). ¿Sabíais por ejemplo que la falta de sueño es amiga de la obesidad y el sobrepeso? Pues sí, resulta que aumenta el apetito y nos predispone, además, a decantarnos por la comida “basura”. Si a este dato le añadimos que un sueño insuficiente o de mala calidad puede desencadenar en una baja tolerancia a la glucosa (factor de riesgo para la diabetes de tipo 2), ¿necesitamos más motivos para intentar dormir a pierna suelta?

Por si todo esto fuera poco, a nivel cognitivo un sueño reparador nos ayuda a consolidar todos aquellos conocimientos de “nueva adquisición” y evita algunos trastornos de la memoria que se producen durante el sueño REM.

Asimismo, debemos tener en cuenta que un mal sueño viene asociado a episodios de depresión y inestabilidad emocional, hecho constatado por un estudio de la Universidad de California y la Escuela Médica de Harvard en el que se demostró que al no dormir correctamente determinadas regiones emocionales del cerebro están un 60 % más activas, lo que deriva en reacciones más descontroladas e inadecuadas. Por este motivo, las personas que tienen trastornos del sueño de manera habitual son tres veces más propensas a sufrir un estado anímico bajo, resultando por lo tanto menos receptivas a las emociones positivas.

Obviamente, estos trastornos afectarán gravemente nuestro bienestar laboral y social, no solo en lo que se refiere a las emociones sino también en términos de creatividad y concentración, aspectos clave en el entorno laboral.

Una vez explicada la teoría y a sabiendas de que el ritmo de la sociedad actual no es precisamente propicio para el mejor de los sueños, en el próximo post os ofreceremos una serie de trucos que os ayuden a conseguir dormir placenteramente.

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